Publicado en 1 de Septiembre de 2013

Los psíquicos lo hacen.

También lo hacen los creacionistas.

Ahora se une al club los anti-GMO.

Me refiero a dar la excusa de que la ciencia no funciona para su particular reclamo, ya sea hablar con los muertos, la efectividad de rezar, o los peligros de los GMO. Es más fácil declarar que la ciencia no está capacitada para evaluar sus argumentos que tan siquiera pensar que pueden estar equivocados.

En estos días me llegó este escrito de Carmelo Ruiz, de quién he comentado anteriormente, donde denuncia la supuesta incapacidad de la ciencia en evaluar el argumento de que los GMO, organismos genéticamente modificados, son peligrosos. Dos estudios fueron publicados recientemente en Europa por grupos relacionados donde llegaban a la conclusión de que los GMO eran dañinos. El problema es que ambos estudios tenían tantos problemas metodológicos que no son confiables.

Veamos el argumento de Ruiz (mis comentarios en rojo):

Los riesgos tecnológicos y la “objetividad “de la ciencia

No podemos caer en la trampa de cuantificar los peligros de la biotecnología, o de cualquier otra nueva tecnología, en aras de una supuesta objetividad científica. [Ya empezamos mal. El método científico es objetivo, la interpretación puede ser subjetiva, pero eso no invalida el método.] El riesgo no es una cosa que se pueda medir cuantitativamente con una vara métrica [Excepto cuando sí se puede medir, como por ejemplo en riesgo de contagio de enfermedades, riesgo de terremotos en un área, riesgo de contraer cáncer por predisposiciones genéticas y factores ambientales, etc.], por  científicos apolíticos y neutrales [¿Cuál es el problema con que los científicos sean ciudadanos y tengan opiniones políticas?]. Cada grupo social define los riesgos de acuerdo a su visión de mundo [Y cada grupo se ha equivocado: sacrificio humano para calmar los dioses y en nuestra generación el supuesto riesgo de darle a los gays la igualdad.].

Hay valores éticos y morales en toda actividad científica [La ciencia no es moral, solo busca conocer el mundo real. Los científicos sí lo son.], aún en la selección de los conceptos que figuran en estudios de alto contenido técnico. El concepto de riesgo no se puede aislar del ámbito político y ético. El determinar cuales riesgos son aceptables y cuales no lo son no se puede dejar en manos de corporaciones transnacionales, élites de científicos [O sea que, ¿científicos comunes y corrientes, la mayoría, pueden ser escuchados?] o- peor aún- autodenominadas vanguardias izquierdistas [¿Hablamos de ciencia o de política? Escoge una.]. Tales decisiones conciernen a la humanidad entera [Imposible que toda la humanidad conozca lo que un científico estudia por décadas.], ya que se trata de decisiones sobre qué clase de sociedad queremos crear y en qué clase de mundo queremos vivir [Perfecto, mejoremos la educación en ciencias – incluyendo la discusión de los argumentos a base de evidencia.].

“Decisiones sobre permitir la liberación de organismos genéticamente alterados no son simplemente decisiones técnicas”, dice Beth Burrows, presidenta del Edmonds Institute [Nadie ha dicho lo contrario.]. Definir lo que es un riesgo aceptable “es un asunto político, y requiere información pública y un proceso público para su resolución… No importa cuán científicos suenen los detalles, la respuesta a interrogantes sobre bioseguridad siempre se basan en consideraciones socio-económicas.” [El problema no es quién evalúa los riesgos, es que los “riesgos” de los GMO no han sido probados.]

También es necesario examinar críticamente la supuesta objetividad de la ciencia. [Ah, como la ciencia no apoya el culto anti-GMO, ahora hay que “examinar” la ciencia antes de demostrar que existe un riesgo real.] En su ensayo “Critical Communities and Discourses on Modern Biotechnology” Ingunn Moser sostiene que “la ciencia y la tecnología han sido percibidas como medios incuestionablemente progresistas, necesarios y neutrales para alcanzar objetivos indiscutibles, como progreso, desarrollo y crecimiento”. Moser, quien es catedrática del Centro de Tecnología y Cultura de la Universidad de Oslo, plantea en su análisis que la creencia de que la tecnología es la solución para nuestros problemas políticos y ecológicos está tan arraigada en la mentalidad occidental que los desastres sociales y ambientales causados por tecnologías nuevas apenas se analizan adecuadamente y se echan en un hoyo Orwelliano. [Entonces la ciencia es un problema y no es razonable, pero vamos a citar científicos a conveniencia en vez de hablar de evidencia… Adicionalmente, en la ciencia no hay autoridades, hay expertos. Las autoridades usan su nombre para ejercer un poder, los expertos conocen la evidencia y la presentan. ¿Dónde está la evidencia?]

De acuedro a la bióloga Sonja Schmitz, quien una vez trabajó para Dupont manipulando genes, “Nos hemos enamorado tanto de la ciencia que es difícil reconocer sus limitaciones y distinguir entre su poder económico real y la ilusión de su poder para proveer soluciones sustentables. Esa ilusión nos protege de tener que confrontar los difíciles asuntos que subyacen los problemas sociales que la ciencia pretende resolver.” [La ciencia no pretende otra cosa que no sea entender el universo. Nosotros decidimos qué usamos para resolver nuestros problemas. Ruiz no sabe a quién quiere criticar: la ciencia, los científicos, los “elites”, las compañías que buscan enriquecerse y no necesariamente hacer ciencia…]

Según el discurso dominante [Un comentario sesgado que pretender ganar desde la rebeldía ante la falta de evidencia.], la ciencia y la tecnología modernas se rigen por su propia dinámica y lógica internas. La libertad académica, la lógica, el método experimental y la argumentación racional se suponen que aseguren que el mejor argumento gane y así se adelanten los intereses universales de la humanidad. [¿Puedes probar que no es así?] La investigación científica es independiente de contextos sociales y culturales- dice este discurso- y es objetiva, universal y superior a todas las demás formas de conocimiento. [Simplismo. Nadie diría eso. El método científico lo es, pero lo que se hace en la ciencia depende de lo que la sociedad interese ya que en la mayoría se financia con fondos públicos.] Todo lo demás es subjetividad, oscurantismo y superstición.

Pero muchas de las creencias acerca del desarrollo de la ciencia que nos han inculcado en la escuela son erróneas o por lo menos no pasan de ser ciertas a medias. Tomemos por ejemplo el método científico. Según éste, uno llega a la verdad formulando una hipótesis, la cual se pone a prueba en un experimento, que luego es repetido por otros científicos para verificación. [No siempre se repiten, pero se usan para otros experimentos y si fallan volvemos atrás.]

Contrario a lo que generalmente se cree, el método científico es una invención muy reciente, data de fines del siglo XIX y fue producto del francés Karl Pearson, un experto en estadísticas. Esto significa que ni Galileo, Copérnico, Descartes, Newton o Darwin usaron el método científico en sus vidas. [Esta es la definición más absurda y rebuscada posible. La ciencia como se practica actualmente es una cosa, pero todos estos padres de las ciencias sí la practicaron porque colectaron datos y pusieron a prueba unas ideas. Esto sería como decir que Cristobal Colón no era un capitán porque no usaba GPS o boyas.]

El trabajo del científico es en realidad mucho más complicado que simplemente seguir el método científico. Según Rampton y Stauber: “El mito de un método científico universal ignora muchas realidades acerca de la manera en que científicos trabajan en el mundo real. No se menciona el tiempo que un investigador moderno pasa escribiendo propuestas para grants, halagando directores de departamentos, donantes corporativos y burócratas del gobierno… A pesar de que el método científico reconoce la posibilidad de parcialización de parte de un científico individual, no provee manera de contrarrestar los efectos de una parcialización a nivel de sistema.” [OK, ¿y cuál es el punto? No hay fondos para todas las ideas, así que hay que competir.]

“La idea de que todos los experimentos científicos son replicados para mantener el proceso honesto es un mito. [Nunca he visto que se enseñe que todos los experimentos se repiten.] En realidad, el número de hallazgos de científicos que son verificados por otros científicos es muy pequeño. [Esto es falso. Se ponen a prueba cuando se usan para empujar la disciplina. Nadie repitió los experimentos de Mendel, pero sus conclusiones fueron probadas por otros experimentos. Si hacemos un experimento basado en las conclusiones de otro y falla, volvemos atrás y lo revisamos. Eventualmente todas las conclusiones a base de los resultados científicos se ponen a prueba de forma directa o indirecta. Pretender lo contrario sería pedir un absurdo gasto de tiempo, esfuerzo y fondos. Si no es correcto, lo descartamos sin problema alguno, siempre y cuando exista la evidencia.] La mayoría de los científicos están demasiado ocupados, los fondos de investigación demasiado limitados, y la presión para producir trabajo nuevo demasiado grande para que este tipo de verificación ocurra muy a menudo.” [De nuevo, porque es importante. Esto no significa que los resultados de un experimento se toman como final y firme. Otros científicos los evalúan y los ponen a prueba.]

En lugar de repetición de experimentos, los hallazgos de un científico por lo general pasan por un proceso en el que un grupo de colegas los evalúan, conocido como peer review. [No es una cosa o la otra. Todo esto pasa. Aún después del peer review, los artículos se discuten y hasta se arreglan. Adicionalmente hay artículos que se retiran del récord oficial porque se encuentra que fueron falsos, erróneos o que tenían otros problemas serios.] Este procedimiento se estableció como rutina tras la primera guerra mundial, cuando el gobierno de Estados Unidos, mediante el Concilio Nacional de Investigación, comenzó a dar apoyo financiero a científicos. El gobierno comenzó a recurrir al peer review para determinar a cuáles científicos darles financiamiento. Pero este proceso también ha sido objeto de fuertes críticas. “En cierto modo, el sistema de peer review funciona como la antítesis del método científico”, dicen Stauber y Rampton. “Peer review deliberadamente impone las parcializaciones (bias) de los colegas en el proceso científico, antes y después de que se conducen los experimentos.” [Como cualquier empresa humana, tiene problemas. Hay discusiones en las ciencias sobre cuales alternativas tenemos y hay grupos experimentando métodos alternos, incluyendo Nature, arXiv, PLoS y PeerJ. Este escrito presenta una visión tan simplista de la ciencia que engaña en vez de informar sobre lo que en verdad es.]

En 1994 la Oficina General de Contabilidad del Congreso de Estados Unidos investigó el uso de peer review en las actividades científicas financiadas por el gobierno federal, y encontró que los científicos que servían de jurados a menudo conocían los solicitantes sobre cuyo trabajo emitían juicio, y tendían a tratar mejor a los que mejor conocían. De este modo, el proceso está inclinado a favor de los científicos más establecidos y de mayor edad, y en contra de los más jóvenes e independientes, y también en contra de las mujeres y las minorías raciales y étnicas. Obviamente, esta situación puede llevar a conflictos de interés, los cuales contaminan la integridad y confiabilidad de las investigaciones científicas.

“El problema con el peer review es que tenemos buena evidencia sobre sus deficiencias, y evidencia pobres sobre sus beneficios”, comentó el British Medical Journal en 1997. “Sabemos que es caro, lento, propenso a parcializaciones, abierto al abuso, posiblemente anti- innovador, e incapaz de detectar fraude. También sabemos de informes publicados que emergen de este proceso, que son crasamente deficientes.”

En definidas cuentas, el método científico y el peer review no son malos de por sí, pero han demostrado ser incapaces de contrarrestar la influencia política y económica que ejercen los gobiernos y corporaciones sobre el proceso científico. [Todos los científicos están conscientes de esto, no es un secreto.]

Moser advierte que “Las instituciones que producen conocimiento en las sociedades modernas ya no pueden ser miradas de manera ingenua como enclaves o capullos para la investigación distanciada y desinteresada de un mundo que está ‘allá afuera’. La investigación moderna no toma lugar en torres de marfil elevadas y aisladas, donde investigadores ubicados a una cómoda distancia de los problemas cotidianos y conflictos de interés miran hacia la realidad y enuncian sus juicios ‘objetivos’.” [Si, la ciencia que se hace debe ser relevante a la sociedad, que es quién la financia.]

“Lo que se estudia en el laboratorio bajo condiciones experimentales no es la naturaleza como tal, sino partes y aspectos específicos de ésta que se pueden estudiar o probar bajo condiciones de laboratorio específicas”, plantea la bióloga alemana Regine Kollek. “Lo que aprendemos en experimentos de laboratorio no representa conocimiento sobre la naturaleza, sino conocimiento sobre una naturaleza experimentalmente manipulada… [No todos los estudios son de manipulaciones, esto es solo una de muchas maneras. Además, toda la ciencia es tentativa porque sabemos que tenemos limitaciones. Si aparece evidencia de que algo está mal, lo arreglamos.] Diferentes métodos describen el objeto de estudio desde perspectivas distintas y así producen diferentes imágenes de la realidad. Las respuestas que recibimos dependen de las preguntas que hacemos.”

También son oportunas las palabras de Vandana Shiva: “En períodos de rápida transformación tecnológica, se presume que la sociedad y la gente deben ajustarse al cambio, en lugar de ser el cambio tecnológico el que se deba ajustar a los valores sociales de igualdad, sustentabilidad y participación.” Por su parte, Schmitz sostiene que “para nosotros que trabajamos para crear una sociedad ecológica, es importante entender el rol que desempeñan la ciencia y la tecnología. Sólo entonces podremos hacerle frente a las interrogantes mayores sobre qué rol queremos que jueguen la ciencia y la tecnología en una sociedad ecológica.”

Los miembros de la comunidad científica tienen una tendencia general a mirar las nuevas tecnologías desde una perspectiva puramente técnica, poniendo los aspectos éticos, sociales y políticos en un segundo plano, si es que los consideran. Por lo tanto tienden a ser menos críticos hacia las tecnologías que el resto de la población, y tienden también a pensar que el público general es demasiado incompetente- por no usar otra palabra- para entender asuntos de índole científica. Pero en 1992 John Doble y Amy Richardson, de la Public Agenda Foundation, organización sin fines de lucro creada por el encuestador Daniel Yankelovich, realizaron un experimento en el que concluyeron que el público general, no solamente las personas interesadas en leer sobre ciencia, puede abordar asuntos científicos complejos de manera inteligente. [Este párrafo es bien insultante porque pretende decir que los ciudadanos son incapaces de entender la ciencia. Nada más lejos de la verdad.]

Como parte del experimento, grupos de científicos y no científicos asistieron a presentaciones a favor y en contra de la energía nuclear. Tras las presentaciones se les preguntó qué pensaban ahora de esa tecnología, y un 68% de los científicos encuestados la apoyaron, mientras que sólo 36% de los no científicos del pueblo la apoyaron. La diferencia en opiniones no tenía que ver con la parte científica. No era que los encuestados opuestos no entendieran c ómo funcionaba un reactor nuclear, ya que en las presentaciones se les explicaron de manera accesible los aspectos científicos y técnicos. La mayoría de los no científicos no confiaba en las compañías eléctricas ni en las agencias gubernamentales, ni en las juntas reguladoras. Sencillamente no confiaban en que esas instituciones fueran a manejar la tecnología nuclear de manera segura. [Esto no tiene nada que ver con ciencia sino con prejuicios. Esto pretende vender la idea de que la intuición del no científico es más certero, pero no hay evidencia de esto.] Dicho de otro modo, las objeciones a la energía nuclear eran de naturaleza social y política.

Nada de lo dicho en este capítulo se debe interpretar como un rechazo a la ciencia occidental [La ciencia no es “occidental”. China está despuntado como una potencia científica.] y el método científico. El cuerpo de conocimientos y metodología investigativa desarrollado por los filósofos de la Grecia antigua y refinado por titanes como René Descartes e Isaac Newton no se debe subestimar ni mucho menos ignorar. Pero el endiosar la ciencia moderna es un error igual de craso [Por eso no se hace. Cada conclusión se pone a prueba. Einstein probó que Newton estaba equivocado y nadie tuvo problemas en aceptar esto, contrario a lo que hubiese ocurrido en una religión.]. Para poder apreciar su poder y efectividad es necesario también conocer sus limitaciones. El criticar la biotecnología no constituye oposición a la ciencia y la tecnología, como alegan furiosamente los “defensores de la ciencia”. El reto es poner la ciencia y la tecnología bajo controles democráticos [Está bajo controles democráticos porque son parte del gobierno. La NSF, NIH y otras son agencias del gobierno. Lo que pretende el autor es dictar que la ciencia que no le gusta sea prohibida.], aunque eso no sea del agrado de algunos científicos empeñados en hacer lo que quieran [Hay algunos así, como en todo asunto humano, pero este comentario no tiene sentido alguno y es un ataque vacío a los miles de científicos que trabajan día a día para entender el universo.], sin considerar las consecuencias sociales y ecológicas, en nombre de un manoseado concepto de libertad científica. [O sea que quiere limitar la libertad porque no le gustan los resultados. Como las religiones que pretenden callar la evolución porque está en contra de lo que sus líderes han determinado, sin importar los >150 años de evidencia.]

POSDATA: La broma del doctor Fox

¿Son los científicos e intelectuales académicos menos vulnerables a engaños y trampas que el resto de la población general? En un experimento realizado en 1972 por Donald Naftulin, John E. Ware y Frank A. Donnelly, conocido como la conferencia del doctor Fox, tres grupos de psiquiatras, trabajadores sociales, psicólogos, educadores y administradores de instituciones educativas asistieron a una charla ofrecida por un tal doctor Myron Fox. Usando el lenguaje corporal y prosa florida y erudita de un intelectual de impresionantes credenciales, el conferenciante dio una presentación con el improbable título “Mathematical Game Theory Applied to Physical Education”. La charla no tenía ningún sentido y estaba repleta de absurdos y planteamientos incoherentes; el doctor Fox era en realidad un actor y sus credenciales eran inventadas. Tras escuchar al “doctor Fox”, la mayoría de los asistentes expresaron una opinión favorable de la presentación, y uno hasta alegó haber leído parte de la bibliografía ficticia del conferenciante. Ninguno de ellos se dio cuenta de que se trataba de una elaborada broma pesada. [¿Qué tiene esto que ver? Lo primero que debemos aprender en la ciencia es que somos falibles y que tenemos que poner a prueba nuestras propias conclusiones. Los humanos nos equivocamos, ponemos atención a cosas sin darnos cuenta y llegamos a conclusiones equivocadas. Por eso la ciencia es tentativa y cada conclusión se pone a discusión.]

[fuente (pdf)]

Condenar la supuesta falta de objetividad de la ciencia no es mas que un ataque desde afuera de alguien que no es científico y pretende entender lo que esto significa, pero ha fallado enormemente. La ciencia que Ruiz pinta es una caricatura simple que ignora las discusiones que se dan a diario, los blogs, las reuniones internacionales, y muchos elementos que se dan a la vez en la discusión de la ciencia. Como periodista ha fallado al no consultar con fuentes que le podrían informar de como se hace ciencia en vez de como él cree que se hace.

Todo esto no es más que una persona que no sabe lo que es ciencia y pretende controlarla para que no diga lo que no le gusta. Primero intentaron usar la ciencia para “probar” los riesgos de los GMO, pero fallaron porque no parecen existir. Curiosamente Ruiz defendió uno de estos estudios mediocres diciendo que habían pasado por la revisión de pares – que ahora condena. Nunca contestó las preguntas sobre los problemas de estos estudios. Ahora quiere callar la ciencia.

¡Que conveniente!

 



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